"Almanzor, Ascensión Invernal" 1/2


Una vez más, unos cuantos locos del foro montañero nos hemos reunido para vivir una aventura trepidante.
El día 6 de diciembre del recién llegado 2.006 nos vamos encontrando con los demás en una fría mañana,
que también está nublada y nevada, en la famosa Plataforma de Gredos, accesible desde Hoyos del Espino.




Unos cientos de metros antes de alcanzar la Plataforma me encuentro
con los primeros compañeros y entre todos nos ayudamos con las cadenas.



Todavía no aparece el resto del grupo, pero, es aconsejable ir saliendo
hacia la Laguna Grande para aprovechar todo el tiempo disponible.



A medida que ascendemos el Prao de las Pozas nos vamos
adentrando en la nevada que traen consigo las nubes de altura.
Todavía no vemos necesario el uso de crampones y ascendemos
cómodamente hacia la blanca espesura que lo va tapando todo.



Esta travesía desde la Plataforma es bastante tranquila,
lo que facilita enormemente el disfrute de cada metro recorrido.



Alcanzamos la fuente de Cavadores, donde la nevada y la niebla intentan en vano
desorientarnos. Hemos coincidido con varios grupos tratando de localizar los Barrerones,
pero, al encontrarnos en el punto más alto de la travesía, las condiciones nos han robado
la huella que seguíamos y entre todos forzamos una nueva hacia los susodichos.



Y, superada la dehesa, comenzamos el descenso
hacia el circo glaciar de Gredos, dejando arriba la nevada.



La laguna grande se encuentra completamente helada y cubierta con una capa
de nieve, lo que nos permite caminar en línea recta hacia el conocido refugio Elola.



Un inmenso albergue montañero a orillas de la Laguna Grande de Gredos con capacidad
para muchos ronquidos. Es todo un lujo disponer de este edificio en medio de tan gélido lugar.



Nada más llegar nos percatamos de que el segundo grupo nos estaba pisando
los talones. Finalmente comemos todos juntos en el abarrotado comedor del refugio.



Es un lugar cálido, ruidoso, estrecho, bien adornado y, como en casi
todos los refugios atendidos, con sus tres o cuatro normas absurdas.



Unas estufas nos sirven para secar nuestro material. La tarde se hace muy agradable y no tardamos
en cenar y meternos en el saco. Tenemos la intención de probar suerte en el Almanzor a la mañana siguiente.



Nos encontramos muy contentos de estar juntos de nuevo y lo exteriorizamos
con total confianza. Son momentos muy necesarios para alimentar nuestros espíritus.



Amanece un día maravillosamente despejado. Sin muchas prisas
desayunamos y nos ponemos en marcha en una mañana fresca y muy agradable.



Al parecer, vamos a ser los únicos que intentemos el pico moro este día.



La nieve está recién caída, conformando un hermoso manto a nuestro alrededor.



Seguimos inicialmente una huella que coincide con nuestro itinerario, pero, tendremos
que abandonarla en cuanto el grupo que nos precede se desvíe hacia una cascada de hielo.



El Almanzor nos enseña su reino, no sopla casi nada de viento y nuestros ánimos aumentan.



Poco a poco nos vamos acercando a la primera pala que habrá que negociar.
El espectáculo de imágenes se sucede y en cabeza se disfruta con la ausencia de huella.



Bueno, por detrás también se disfruta, aunque, las nubes nos pretenden con mala leche.



La diversión inunda los sentidos, parece increíble que se nos esté concediendo un día tan bueno.



Pronto superamos la primera pendiente. Tras este repecho nos reagrupamos y tratamos de
recomponer las energías. Lamentablemente, la nube también se nos acopla en lo sucesivo.



Encontramos dos canales para escoger y la niebla no nos permite estar seguros.
Tras un rato subiendo por donde no es, los gps nos delatan y retrocedemos en busca del
otro canal. Se trata de la subida hacia la portilla del Crampón, un lugar con mucha literatura.



El ambiente es espectacularmente delicioso. La nieve permite un ascenso
fiable y cómodo y lo saboreamos intensamente con cada uno de los pasos que damos.



Las paredes se estrechan a medida que se asciende hacia la portilla,
donde se encuentra el punto crítico del día. Estamos deseando llegar a ella.



Tras la portilla, que superamos sin mayor complicación, comienza una
delicada travesía ascendente hacia el muro final. La comprometida inclinación
del suelo y la blandura de la nieve hacen necesario afianzar bien cada
paso, pues, no parece haber nada donde apoyar el peso de nuestro caminar.



Cuando me dispongo a escalar el tramo de gloria me doy cuenta, por el
helado dolor de mis dedos, de que no me he cambiado los guantes mojados
y este problema me roba las fotos que pudiese haber hecho en tan decisivo
lugar. Ya en la cima lo soluciono y recupero mis mermadas habilidades manuales.



Tan solo hay un estrecho pasillo entre la cima y las paredes
y en él nos vamos concentrando para ir coronando con mucho tiento.



Es un sitio pequeño, pero, cargadísimo de emociones.



Mientras disponemos la cuerda para facilitar la salida, el cielo se abre y nos otorga el
premio más preciado de todo montañero. Sin duda es otro éxito para nuestros ya satisfechos sentidos.



No duran mucho estas vistas, pero, coinciden con el mejor
momento para disfrutar de ellas. Uno a uno vamos bajando de
la cima, buscando dejar atrás nuestros obstáculos más apurados.



Y de nuevo hacemos la inestable travesía hacia la portilla. Esta vez está más pisada
y no parece tan peligrosa, aunque, al ser hacia abajo requiere también mucha concentración.



Las partes más empinadas nos fuerzan a bajar de espaldas y asegurando
con el piolet, pues, la blanda nieve no garantiza ahí un paso firme y seguro.



Debemos esperar a que queden libres los pasos antes de afrontarlos,
lo que nos da unos momentos mágicos para saborear el precioso entorno.



El descenso hacia el refugio es para unos rápido y para otros muy entretenido.



Ha sido un día muy satisfactorio. Alcanzado el refugio disfrutamos con unas buenas
cervezas del gran logro conseguido y pasamos la tarde entre más risas, comida y sueños.



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